breviaria

Mitología griega. Presentación de Amparo Almeida en Slideboom

Los griegos ya soñaban con poder volar

El pájaro mecánico de Arquitas (440-360 a. C). ¿El primer modelo de avión?. Vía schizas

Mosaicos romanos de Kato Paphos en Chipre

Valencia ya es 3D en Google Earth http://bit.ly/3ETZre
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Los chicos del coro

Algunos referentes clásicos en la publicidad

Lasso de la Vega. La presencia del mito griego en nuestro tiempo

Una vuelta patente hacia lo mitico y lo «mitoide» se evidencia también
en los «mitos de cada día» utilizados en la propaganda y el reclamo.
Representan una forma harto cruda de la recepción del mito; pero también
muy interesante, al poner de manifiesto que los signos míticos, por su
capacidad de sugestión para un público amplio, resultan muy adecuados
como señales para fines de mercado y venta. El tema «mito y reclamo»
requeriría, por sí solo, un tratamiento exclusivo: pero que aquí no es del
caso. El maestro de primeras letras clásicas conoce bien la reacción
del escolar que, por primera vez, encuentra en las páginas de su libro de
ejercicios nombres como Áyax o Pégaso. El nombre del héroe iliádico, tan
exquisito en su honrilla homérica que, cuando en circunstancias que todos
conocen queda infamado y publicado por loco, toma tan a pecho el menoscabo
de su honra que, para limpiar la mancha, abandona la vida por
propio designio, ha sugerido al inventor de la marca la asociación semántica
«lavar a fondo y duraderamente», quizá para competir en el mercado
con aquella otra, verbigracia, que, sobre el «slogan»: «más blanco no se
puede», evoca la figura celestial de Ariel, con blancura de luz alba. En
cuanto a Pégaso (que pronuncian Pegaso, con mediana prosodia), el nombre
del mítico caballo alado sirve de reclamo para una marca de camiones
que vuelan como el viento.

En el caso extremo de su utilización como reclamos, nos damos cuenta
de que los signos míticos pertenecen al plano metalingüístico, son metalenguaje. Su utilización abusiva (abusio) está presupuesta de antemano,
porque es lo propio del signo metalingúístico ponerse al servicio de algo
para lo que primariamente no sirve. Del pelícano, ave mítica, se decía que,
luego de llorar por tres días a los hijos que le nacen muertos, picándose en
el propio pecho, con la sangre derramada sobre los polluelos (sanguine
superpullos cifuso
) les volvía de muerte a vida. Por eso, los cristianos primitivos
pueden decir de Cristo que es pius pelicanus. Pero hoy en día el
pelícano, en virtud de una curiosa sustitución de «sangre» (la roja y la
azul, según parece) por «tinta», es la marca muy popular de una tinta para estilográfica. La estrella. que conduce por el buen camino a los tres Magos
de Oriente, se asocia con la de la marca de automóviles «Mercedes» («La
buena estrella en todos los caminos», pregona el «spot» publicitario). Y
ejemplo más curioso todavía, la «concha», imagen mítica henchida, entre
otras, de sugestiones lúbricas, se ha utilizado, en su forma vernácula inglesa
«shell», como emblema de una marca de lubricante, la gasolina así
rotulada. La asociación, conforme al designio de su inventor, es completamente
arbitraria y puede ilustrar la tesis de De Saussure sobre el carácter
arbitrario del signo lingúístico.

Los industriales del reclamo, reclamándose del crédito que todavía
poseen los nombres miticos para las personas cultas de cultura general, los
utilizan como arsenal de etiquetas y marcas comerciales. Para las personas
laicas literariamente esos nombres, en todo caso, suenan a sus orejas en
formas claras y eufónicas, tienen viento fonético. Me viene a la memoria
todo un elenco de productos certificados con nombre mítico griego como
sabroso llamativo que autoriza la mercancía y convida a adquirirla.
Una marca de jabón se llama Diana, la beldad divina, que, desnuda
mientras se bañaba, fue vista por Acteón. Una «olla-pronto» se etiqueta
«Prometeo»: alude al fuego y suple las funciones de la antigua previsora
ama de casa. Argo, el de los mil ojos, es el nombre de una agencia de investigaciones privadas. Hermes, seguro mensajero con alas al tobillo, es el
nombre de una compañía de seguros y también, de una agencia de viajes,
que casi nos ofrece el vuelo por los espacios intersiderales. Otra agencia de
lo mismo se llama Calipso, nombre que nos invita a embarcarnos, como
Ulises, en el bajel de la aventura y, después de atravesar la mar alterada, a
rendir viaje, en mansión despaciada, en la gruta de una ninfa. Una marca
griega de cemento lleva el nombre de Heracles como garantía de construcciones
que serán, en verdad, un trabajo digno de Hércules. Atenea de azulenca
pupila, la diosa virgen y erudita, patroniza con su nombre infinitas
Academias de piso que deben de ser, a juzgar por el rótulo, pozos de
sabiduría. Venus o Helena, la distraída esposa de Menelao, son marcas de
exquisiteces de la cosmética femenil que garantizan su eficacia como cepo
de amor o dardo venusino. Posidón es la marca de una camiseta para
marineros y Marte, la de unas zapatillas deportivas. El Olimpo entero sirve
de reclamo de los objetos deseables que disparan los afanes adquisidores
de la joven quinceañera para emperejilarse o del varón maduro insatisfecho,
y eso que tales productos no siempre se venden (como muchos políticos)
a precios módicos. Este abuso (pero, a veces, divertido) de los símbolos míticos, tan lejos en ocasiones de la jurisdicción filológica, pues no tiene nada, o poco más
que nada, que ver con la prestigiosa progenie de los mismos, lastima su
sentido histórico y enoja, acaso, al amante de la cultura clásica. Pero, a
nuestros efectos de ahora, la utilización de los nombres míticos o bien por
combinaciones basadas en su contenido temático (Prometeo, Pégaso), o ya
por asociaciones presumibles (Ayax, detergente), o ya vaya usted a saber por qué (la concha de la Shell), nos resulta un buen punto de partida para
aproximarnos al fenómeno «mito», aunque sea tomando el problema en
sus zonas superficiales.

Vencer es insistir

Alegoría educativa. Presente y futuro de nuestras enseñanzas

Pupila

Pupila

Abertura circular de color oscuro en el centro del iris del ojo, que permite el paso de la luz que va a impresionar la retina. Niña del ojo.

La pupila es nuestra ventana al mundo, nuestro principal contacto con la vida y con los demás seres; tal vez sea ésa la razón por la cual tendemos a identificarla con figuras humanas, como ocurre en español cuando hablamos de la niña del ojo, o tal vez se deba a que estamos acostumbrados a ver nuestra imagen reflejada en las pupilas de las personas cercanas. Lo cierto es que en hebreo la pupila se llama eshon ayin ‘hombrecillo del ojo’, pero sin ir tan lejos, en inglés pupil significa tanto ‘alumno’ como ‘pupila’ y tiene el mismo origen que puppet ‘muñeca’. Este parentesco se repite en portugués, idioma en el cual la pupila se llama también menina do olho.

La palabra proviene del latín pupila, diminutivo de pupa, que en esa lengua significa tanto ‘muñeca’ como ‘niña’. Esta curiosa metáfora se repite también en griego clásico, lengua en la cual kore significaba al mismo tiempo ‘muñeca’, ‘niña’ y ‘pupila’. Fernando Navarro, en su libro Parentescos insólitos del lenguaje, nos recuerda que la voz griega llegó hasta nosotros en palabras del lenguaje médico, como coreoplastia ‘cirugía plástica de la pupila’ o isocoria ‘igualdad de tamaño de ambas pupilas’.

¿Inválido o desvalido?